Una noche en Llama caí enferma, sentía que ardía en fiebre y solo podía ver el cielo estrellado desde la puerta del balcón echada en cama esperando que el mal momento pase. No sé en que punto me perdí entre lo real y los sueños pero empecé a ver una callecita rodeada de casas de barro blancas con balcones de madera y a lo lejos empezaba un camino. Por él, iba bajando despacito una anciana. Luego apuro el paso y sus polleras se movían a la par mientras que un pequeño perro corría a su lado afanado en hacerla jugar. Llevaba una carga en su espalda y tenía las manos en la tela para que no cayera, lo cual hacia que caminase mirando hacia abajo y su sombrero me impedía ver su rostro pero eso no evitó que sintiera una familiaridad y afecto inmediato hacia ella. Hasta que llegó a mi lado, seguía sin ver su rostro pero sabía quien era. La había estado esperando 10 años desde que se fue. Y ahora estaba ahí a mi lado nuevamente. Volví a ver su trenza blanca caer en sus hombros, volví a sentir sus manos arrugadas y, por sobre todo, volví a sentir el cálido amor que siempre me daba. Me cuido lo que restó de la noche. Cuando el sol salió desde la esquina de la puerta superior del balcón y me forzó a despertar, me senté en la cama sin ninguna molestia. Estaba curada y feliz. Pensé que tal vez Nati nunca se fue, solo regreso a Llama y ahí esta esperándome que regrese.
Recordar siempre: “¿Adiós? No, nunca se dice adiós. Se dice: te amo”