
Teníamos 50 soles y un wolsvagen negro. Parece que es de herencia el amor por este escarabajo y la pobreza. Eramos dos primos hermanos sin rumbo con un pasado de besos bajo el mantel de la mesa. Ninguno tenía brevete ni muchas horas de práctica pero sentíamos que la vida nos esperaba y sería mejor hacer este viaje juntos.
Después de recoger a la "mancha", los marcados por la sociedad harta de su adolescente y patética rebeldía, huíamos por la carretera que mejor conocíamos para llegar a donde nunca habíamos llegado. El campo, que sin la menor lucha nos recibía con un sol eterno, una carretera vacía, con un aire dolorosamente puro y un silencio sepulcral, poseía ese encanto de ser el refugio que nos protegía de aquella Lima inmunda.
Continuará.